1

23 diciembre 1995 § Deja un comentario

Voy a echar raíces en la cama.
No quiero levantarme nunca de mi apestoso nicho.
Los días no cambian por mucho que te levantes con una sonrisa,
con resaca, sin resaca, con una mujer que no quieres a tu lado.
La cabeza me va a estallar, me duelen los dientes, tengo la lengua hinchada.
Vomito anfetas y alcohol y algún que otro sueño.
El alcohol hace que te atragantes de sueños.
Los sueños son tan indigestos como un plato de judías.
Hoy no me levanto,
llamaré a alguien para que riegue la cama.
Quiero crecer tumbado en la cama.
¡Que trabajen ellos!, pienso.
No quiero soportar más sonrisas, más hola y adiós, más hasta luego.
No quiero sonreír a nadie.
No quiero vivir.
No quiero morir.
Quiero dormir y beber y empacharme de sueños.
Quiero que mi vida sea su pesadilla.
Quiero devorar sus sueños.
Hoy no quiero trabajar pero tengo que trabajar,
no se puede soñar sin dinero.
Han instalado maquinas de sueños en todas las esquinas.
Sólo hay que pagar y enchufarse la aguja,
luego los sueños fluyen y se hacen realidad.

Anuncios

2

23 noviembre 1995 § Deja un comentario

De vuelta a casa solo.
El suelo parece el mismo
de todos los sábados por la noche,
2.30 de la madrugada.
Las mismas esquinas meadas,
los mismos rincones azufrados,
las mismas vomitonas en los mismos sitios,
los mismos papeles ardiendo en las mismas papeleras,
la gente de siempre volviendo a su casa de siempre,
la gente de siempre saliendo a la hora de siempre
para ir a los mismos sitios de siempre.
Ni las calles, ni las almas,
ni los perros, cambian de dueño.

3

23 octubre 1995 § Deja un comentario

Una señora con cara de perro-llagas–en–la–oreja
–aliento–de–muerta–de–cuatro–días me abre la puerta.
Me chilla algo en el idioma de la estupidez absoluta
que yo no comprendo.
La miro fijamente a sus ojos de perro
y le grito que la voy a meter en la perrera
y que allí la violaran cuatrocientos mastines del Pirineo.
Ella baja los ojos y gime algo.
Paso corriendo, con la boca cerrada
para no respirar el aire envenenado de su pocilga,
hago mi trabajo y me largo con la misma rapidez.
En la calle respiro con fuerza para eliminar
cualquier posible resto de aquel aire.
Miro la maquina y veo que los números se han borrado.
La zorra de la fortuna o el hijo puta del Dios
de los microprocesadores se ha enojado conmigo.
Vuelvo a subir.
Cuarto piso.
Pateo la puerta.
El marido de la señora de antes, un Pitbull ingles erguido sobre dos patas,
abre la puerta, me enseña los dientes.
estoy acostumbrado a tratar con perros y le tiendo
un trozo de carne muerta que se retorcía en mi bolsillo.
El marido devora la carne con avidez para no compartirla con su familia.
Tomo aire, entro corriendo, hago mi trabajo
asegurándome de que no tendré que volver.
Soy un buen currante.

4

23 septiembre 1995 § Deja un comentario

Las niñas ya no me quieren por que no puedo pagar sus sueños
de zapatos y heroína, grandes coches y un buen rabo.
No las odio por ello,
es sábado por la noche y estoy tan muerto como ayer.
Los muertos no sueñan ni tienen erecciones, ni Visa, ni coche,
ni sangre por la que pueda correr la droga.
Los muertos son un buen fertilizante de la miseria y las flores de plástico;
en los cementerios no crece nada más.
Quiero que me entierren bajo un campo de lechugas o de opio
para que estas niñas me coman en sus ensaladas de McDonald’s.
Es sábado por la noche, no tengo dinero para alcohol
y por eso dicen que estoy muerto.
Esas niñas no me miran por que mi ropa no es como la suya,
por que en mi cara se ve el sudor sucio de mi trabajo,
por que mi piel es del color de mi uniforme de lector,
por que solo hablo con mi sombra y la sombra de sus labios.
Nadie va a follar conmigo esta noche
y mis manos tienen ampollas.
Me arrodillo y bebo el alcohol de un charco que refleja un reflejo de sueños.
Las lombrices se pelean con mi lengua,
las hormigas se pelean con las lombrices,
las niñas nos derraman un poco más de su copa para que todos
estemos contentos bebiendo arrodillados en el suelo.
No las odio por ello,
no saben lo que es pagar por el precio de sus sueños.
Quizás haya alguna que me ame, pero no la conozco.
Puede que esté junto a mi lado desde la mañana,
pero no consigo verla.
Las mujeres que me aman son invisibles a mis ojos.
Están en los escaparates de esas tiendas de ocasión que no paro a contemplar,
camufladas entre radios japonesas y calculadoras de Tailandia.
Tal vez en alguna biblioteca,
jugando a enredar las letras por las estanterías.
En el cine, en la butaca de al lado,
pagando por un sueño de hora y media, efímero como la vida
de algunos insectos y algunos recién nacidos.
En ocasiones he creído ver a la mujer que me ama hablando conmigo,
sus labios se movían y creaban palabras para mis oídos,
más sus ojos volaban por encima de mi cabeza,
buscando una corona de plástico fabricada con trocitos de MásterCard.
No.
La mujer que me ama esta tan muerta como yo
y, al no saber que yo la amo, ella tampoco me ama,
ni se da cuenta de que existo,
y nuestra vida es buscarnos el encuentro.

5

23 agosto 1995 § Deja un comentario

En un bar de barrio, en la hora del descanso,
rodeado de tapas antiguas y lloronas.
En la hora de descanso solo descansan las zapatillas:
Adidas Oregón Tech podridas de sudor
con suela sin dibujo comida por la mierda.
En casi todos los bares las tapas lloran afligidas,
hambrientas de una boca que las coma,
violadas por manos sucias de hosteleros sin escrúpulos.
Pido carajillo de ron con gajo de limón y beso, por favor.
La niña de la barra me mira con rostro hermoso.
No entiende mis palabras,
lector de gas azul con chaqueta de punto.
La chica de la barra es triste como las chicas de las telenovelas.

Los bares del mundo nos castigan el cerebro con su voz borracha.
Los bares estrechan su red alcohólica sobre mis hombros
caídos por el peso de ser joven.
Exhiben tapas fósiles y carne muerta cocinada con especias,
pescado congelado de la era de las glaciaciones
y bebidas saturadas de sueños que muchos no pueden ni pagar.
Los sueños son mi más grande sueño.
¿En que se nota?
La niña camarera no es ni tonta ni fea. Tiene unos bellos ojos,
y unas lágrimas azules rodarán cuando me vaya.
La niña tiene miedo de lo que será su vida y me pide que la salve.
Que te jodan, sálvame tu a mí si puedes.
Dame otro carajillo con ron, limón y beso, que tengo ganas de dormir.
Evitamos las miradas y sobre la puerta de la entrada
televisión de diez pulgadas con anuncios y telecomedia.
La caja de rayos nos ataca en esta hora de falso descanso.
A mi, a ese pintor, al paleta y al mecánico.
La máquina tragaperras escupe monedas a cambio de almas.
Las cucarachas bailan sobre un pincho de tortilla
la muerte de Antonio Flores y la de su puta madre.
Una garrapata deja de chupar mi sangre envenenada
para escuchar las coplillas del entierro.
El pintor y el paleta y el mecánico alternan su vino y su bocadillo
con furtivas e idiotizadas miradas al televisor.
Mi televisión es el mundo y se lo digo a todos subido sobre la barra.
Aplausos.
Mi carajillo y mi limón y mi beso y mi tiempo se están agotando.
Salgo por la puerta y me miro las manos.
La mitad de mis dedos se han quedado pegados en la barra
pero, como no tengo tiempo, volveré a recogerlos mañana.
Digo adiós, salgo por la puerta,
la televisión alza su volumen para que nadie lo oiga y no puedan contestarme.
Si quiero relacionarme deberé salir el sábado,
inyectarme alcohol y gambas y criticar a mis vecinos.

6

23 julio 1995 § Deja un comentario

Dos minutos de espera y se abre la puerta.
El sonido del aire puro al entrar
es el mismo que al abrir un bote de conserva.
La señora de la casa, sucio delantal, sucios dientes,
sucio pelo, sucia ella, sucia su existencia, me pregunta que deseo.
(Te deseo a ti, a tus hijos y a tu miseria. También al hombre que te golpea.)
Sólo quiero ver el contador de gas ya que no hay contador de sueños.
Camino deprisa hacia la meta.
El pasillo es una carrera de obstáculos:
un niño muere comido por el gato en uno de los rincones,
su marido se tira pedos para equilibrar la presión
de su guarida con la del exterior ahora que la puerta ha caído,
el ataúd con el abuelo se desmorona cuando lo rozo,
la señora de la casa arrastra un feto de cinco meses
que se agarra como puede al cordón umbilical,
sus lindas manos, aún sin formar, se resbalan por la grasa que lo cubre.
Perdón señora, le he pisado la cabeza.
No se preocupe esta noche encargo otro, mi gatito tiene mucha hambre,
y no quedan más abortos en mi nevera.
Las esquinas están redondeadas y los rodapiés toman aliento
antes de morir sepultados bajo el mar de cabezas de sardina.
El contador del gas es amarillo para ser visto en estas casas.
Tras pared de huesos y bolsas de basura pide auxilio.
4586
¿He gastado mucho?
Señora, creo que toda su vida.

7

23 junio 1995 § Deja un comentario

Los pasillos están vacíos de silencio.
Las escaleras tejen sus últimos peldaños al infinito.
Cucarachas amarillas dan saltos mortales
sobre las junturas de las baldosas.
Las puertas sólo dejan pasar los gritos y los golpes
de los hombres a sus mujeres,
el sonido de los dientes rechinando por la rabia
y la lastimera muerte en soledad de todas las viejas.
Nunca frases de amor.
Las puertas son un filtro sucio y apestoso de dolor y miedo.
Los timbres electrizan mis dedos para no sonar.
Nadie oye mis gritos, nadie quiere saber nada de mi presencia.
De cincuenta puertas solo siete consienten mi cuerpo y mi mirada.
Buenos días. El gas. A mirar el contador.
Los hogares están húmedos como tumbas de pantano.
Espío sus rincones esperando encontrar algún muerto
que justifique el olor que los inunda,
y me doy cuenta que los muertos andan delante de mí,
mostrándome el camino a la cocina o a su propia muerte.
Donde no hay banderas hay láminas baratas de Romero,
rostros de payasos, cuadros mugrientos de Dalí.
Donde no hay cuadros hay banderas y jarrones blandos.
y animales de cristal que fornican con cuidado de no romperse,
Los libros se suicidan en el horno y bajo el televisor
hay velas y oraciones escritas en papel higiénico.
La Biblia y el Quijote se limpian mutuamente las telarañas
mientras el jodido niño de la casa garabatea con su semen
sobre las negras paredes pintadas de odio y desamor.
Los santos, las vírgenes y los hombres de los crucifijos
se masturban con rabia sobre las mesillas de noche
recordando que el sexo es un pecado a los que follan bajo su figura.
Y yo hago mi trabajo.
Y me castigo abriéndome la carne con un bolígrafo
pensando que tal vez otro verá en mi casa
lo que yo veo dentro de estas malditas casas.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría El Lector de Gas (1994) en Sinequia.