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23 octubre 1995 § Deja un comentario

Una señora con cara de perro-llagas–en–la–oreja
–aliento–de–muerta–de–cuatro–días me abre la puerta.
Me chilla algo en el idioma de la estupidez absoluta
que yo no comprendo.
La miro fijamente a sus ojos de perro
y le grito que la voy a meter en la perrera
y que allí la violaran cuatrocientos mastines del Pirineo.
Ella baja los ojos y gime algo.
Paso corriendo, con la boca cerrada
para no respirar el aire envenenado de su pocilga,
hago mi trabajo y me largo con la misma rapidez.
En la calle respiro con fuerza para eliminar
cualquier posible resto de aquel aire.
Miro la maquina y veo que los números se han borrado.
La zorra de la fortuna o el hijo puta del Dios
de los microprocesadores se ha enojado conmigo.
Vuelvo a subir.
Cuarto piso.
Pateo la puerta.
El marido de la señora de antes, un Pitbull ingles erguido sobre dos patas,
abre la puerta, me enseña los dientes.
estoy acostumbrado a tratar con perros y le tiendo
un trozo de carne muerta que se retorcía en mi bolsillo.
El marido devora la carne con avidez para no compartirla con su familia.
Tomo aire, entro corriendo, hago mi trabajo
asegurándome de que no tendré que volver.
Soy un buen currante.

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