4

23 septiembre 1995 § Deja un comentario

Las niñas ya no me quieren por que no puedo pagar sus sueños
de zapatos y heroína, grandes coches y un buen rabo.
No las odio por ello,
es sábado por la noche y estoy tan muerto como ayer.
Los muertos no sueñan ni tienen erecciones, ni Visa, ni coche,
ni sangre por la que pueda correr la droga.
Los muertos son un buen fertilizante de la miseria y las flores de plástico;
en los cementerios no crece nada más.
Quiero que me entierren bajo un campo de lechugas o de opio
para que estas niñas me coman en sus ensaladas de McDonald’s.
Es sábado por la noche, no tengo dinero para alcohol
y por eso dicen que estoy muerto.
Esas niñas no me miran por que mi ropa no es como la suya,
por que en mi cara se ve el sudor sucio de mi trabajo,
por que mi piel es del color de mi uniforme de lector,
por que solo hablo con mi sombra y la sombra de sus labios.
Nadie va a follar conmigo esta noche
y mis manos tienen ampollas.
Me arrodillo y bebo el alcohol de un charco que refleja un reflejo de sueños.
Las lombrices se pelean con mi lengua,
las hormigas se pelean con las lombrices,
las niñas nos derraman un poco más de su copa para que todos
estemos contentos bebiendo arrodillados en el suelo.
No las odio por ello,
no saben lo que es pagar por el precio de sus sueños.
Quizás haya alguna que me ame, pero no la conozco.
Puede que esté junto a mi lado desde la mañana,
pero no consigo verla.
Las mujeres que me aman son invisibles a mis ojos.
Están en los escaparates de esas tiendas de ocasión que no paro a contemplar,
camufladas entre radios japonesas y calculadoras de Tailandia.
Tal vez en alguna biblioteca,
jugando a enredar las letras por las estanterías.
En el cine, en la butaca de al lado,
pagando por un sueño de hora y media, efímero como la vida
de algunos insectos y algunos recién nacidos.
En ocasiones he creído ver a la mujer que me ama hablando conmigo,
sus labios se movían y creaban palabras para mis oídos,
más sus ojos volaban por encima de mi cabeza,
buscando una corona de plástico fabricada con trocitos de MásterCard.
No.
La mujer que me ama esta tan muerta como yo
y, al no saber que yo la amo, ella tampoco me ama,
ni se da cuenta de que existo,
y nuestra vida es buscarnos el encuentro.

Anuncios

Etiquetado:,

Los comentarios están cerrados.

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo 4 en Sinequia.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: