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23 agosto 1995 § Deja un comentario

En un bar de barrio, en la hora del descanso,
rodeado de tapas antiguas y lloronas.
En la hora de descanso solo descansan las zapatillas:
Adidas Oregón Tech podridas de sudor
con suela sin dibujo comida por la mierda.
En casi todos los bares las tapas lloran afligidas,
hambrientas de una boca que las coma,
violadas por manos sucias de hosteleros sin escrúpulos.
Pido carajillo de ron con gajo de limón y beso, por favor.
La niña de la barra me mira con rostro hermoso.
No entiende mis palabras,
lector de gas azul con chaqueta de punto.
La chica de la barra es triste como las chicas de las telenovelas.

Los bares del mundo nos castigan el cerebro con su voz borracha.
Los bares estrechan su red alcohólica sobre mis hombros
caídos por el peso de ser joven.
Exhiben tapas fósiles y carne muerta cocinada con especias,
pescado congelado de la era de las glaciaciones
y bebidas saturadas de sueños que muchos no pueden ni pagar.
Los sueños son mi más grande sueño.
¿En que se nota?
La niña camarera no es ni tonta ni fea. Tiene unos bellos ojos,
y unas lágrimas azules rodarán cuando me vaya.
La niña tiene miedo de lo que será su vida y me pide que la salve.
Que te jodan, sálvame tu a mí si puedes.
Dame otro carajillo con ron, limón y beso, que tengo ganas de dormir.
Evitamos las miradas y sobre la puerta de la entrada
televisión de diez pulgadas con anuncios y telecomedia.
La caja de rayos nos ataca en esta hora de falso descanso.
A mi, a ese pintor, al paleta y al mecánico.
La máquina tragaperras escupe monedas a cambio de almas.
Las cucarachas bailan sobre un pincho de tortilla
la muerte de Antonio Flores y la de su puta madre.
Una garrapata deja de chupar mi sangre envenenada
para escuchar las coplillas del entierro.
El pintor y el paleta y el mecánico alternan su vino y su bocadillo
con furtivas e idiotizadas miradas al televisor.
Mi televisión es el mundo y se lo digo a todos subido sobre la barra.
Aplausos.
Mi carajillo y mi limón y mi beso y mi tiempo se están agotando.
Salgo por la puerta y me miro las manos.
La mitad de mis dedos se han quedado pegados en la barra
pero, como no tengo tiempo, volveré a recogerlos mañana.
Digo adiós, salgo por la puerta,
la televisión alza su volumen para que nadie lo oiga y no puedan contestarme.
Si quiero relacionarme deberé salir el sábado,
inyectarme alcohol y gambas y criticar a mis vecinos.

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