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23 julio 1995 § Deja un comentario

Dos minutos de espera y se abre la puerta.
El sonido del aire puro al entrar
es el mismo que al abrir un bote de conserva.
La señora de la casa, sucio delantal, sucios dientes,
sucio pelo, sucia ella, sucia su existencia, me pregunta que deseo.
(Te deseo a ti, a tus hijos y a tu miseria. También al hombre que te golpea.)
Sólo quiero ver el contador de gas ya que no hay contador de sueños.
Camino deprisa hacia la meta.
El pasillo es una carrera de obstáculos:
un niño muere comido por el gato en uno de los rincones,
su marido se tira pedos para equilibrar la presión
de su guarida con la del exterior ahora que la puerta ha caído,
el ataúd con el abuelo se desmorona cuando lo rozo,
la señora de la casa arrastra un feto de cinco meses
que se agarra como puede al cordón umbilical,
sus lindas manos, aún sin formar, se resbalan por la grasa que lo cubre.
Perdón señora, le he pisado la cabeza.
No se preocupe esta noche encargo otro, mi gatito tiene mucha hambre,
y no quedan más abortos en mi nevera.
Las esquinas están redondeadas y los rodapiés toman aliento
antes de morir sepultados bajo el mar de cabezas de sardina.
El contador del gas es amarillo para ser visto en estas casas.
Tras pared de huesos y bolsas de basura pide auxilio.
4586
¿He gastado mucho?
Señora, creo que toda su vida.

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