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23 junio 1995 § Deja un comentario

Los pasillos están vacíos de silencio.
Las escaleras tejen sus últimos peldaños al infinito.
Cucarachas amarillas dan saltos mortales
sobre las junturas de las baldosas.
Las puertas sólo dejan pasar los gritos y los golpes
de los hombres a sus mujeres,
el sonido de los dientes rechinando por la rabia
y la lastimera muerte en soledad de todas las viejas.
Nunca frases de amor.
Las puertas son un filtro sucio y apestoso de dolor y miedo.
Los timbres electrizan mis dedos para no sonar.
Nadie oye mis gritos, nadie quiere saber nada de mi presencia.
De cincuenta puertas solo siete consienten mi cuerpo y mi mirada.
Buenos días. El gas. A mirar el contador.
Los hogares están húmedos como tumbas de pantano.
Espío sus rincones esperando encontrar algún muerto
que justifique el olor que los inunda,
y me doy cuenta que los muertos andan delante de mí,
mostrándome el camino a la cocina o a su propia muerte.
Donde no hay banderas hay láminas baratas de Romero,
rostros de payasos, cuadros mugrientos de Dalí.
Donde no hay cuadros hay banderas y jarrones blandos.
y animales de cristal que fornican con cuidado de no romperse,
Los libros se suicidan en el horno y bajo el televisor
hay velas y oraciones escritas en papel higiénico.
La Biblia y el Quijote se limpian mutuamente las telarañas
mientras el jodido niño de la casa garabatea con su semen
sobre las negras paredes pintadas de odio y desamor.
Los santos, las vírgenes y los hombres de los crucifijos
se masturban con rabia sobre las mesillas de noche
recordando que el sexo es un pecado a los que follan bajo su figura.
Y yo hago mi trabajo.
Y me castigo abriéndome la carne con un bolígrafo
pensando que tal vez otro verá en mi casa
lo que yo veo dentro de estas malditas casas.

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