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23 mayo 1995 § Deja un comentario

Los verdaderos profetopoetas piden limosna por las calles
y han cambiado sus slogans por poemas crudos como mi carne:
“Es triste pedir pero más triste es pasar hambre.
El hambre no tiene ni nombre, ni reglas, ni dueño.”
Las aceras llevan marcada la fecha de caducidad.
Las prostitutas se etiquetan los pechos con códigos de barras
sólo descifrables por penes ópticos de tecnología punta.
Hombres con teléfonos de plástico grapados a la oreja,
mastican billetes para luego vomitarlos y observar su colorido;
cuanto más morado más cabrón y más famoso.
Los artistas modernos y caros venden sus cagarros pintados
de rojo, amarillo y rojo, con águila en la cima.
Los barrenderos limpian de Yonkis las calles
con escobas de acero y mangueras de ácido sulfúrico.
La alcaldesa besa el suelo tumoroso para dar ejemplo.
Las esquinas se doblan sobre sí mismas pidiendo perdón
por ocultar la estupefaciente y ácida verdad del bullicio de la calle.
La calles esclavizadas son adictas a todo tipo de modas
La gente corriente pasea con la cabeza derecha,
con helado en mano (sólo en verano) y ganas de gastar dinero,
pidiendo una vida fácil y una muerte segura,
mirando al vacío de los escaparates
donde no hay ojos que devuelvan la mirada.
Los vestidos ya no sirven para tapar nuestra desvergüenza.
Los niños pobres comen gusanos y son ricos en pobreza.

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