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23 marzo 1995 § Deja un comentario

Doscientas casas por recorrer.
Doce de la mañana.
A esta hora debería estar pensando por alguna alcantarilla,
manteniendo una charla de ratas con jarras de cerveza.
No se puede pensar mientras trabajas.
Pensar es el castigo por andar sobre dos pies.
Las casas son tumbas en las que caer muerto en caso de emergencia,
bastaría con sacar los cadáveres que las habitan y tumbarse en una cama,
y pedir al conserje del edificio que nos hunda una aguja en el cerebro.
Subo y bajo escaleras.
Anoto cifras.
Cuento cuentos.
Escucho palabras transparentes que se pierden en su eco.
Odio la voz de la hembra sumisa al macho y a su miseria.
Mi TPL es un bastón de mando falicocuadrado
con sed de materia gris esparcida por azulejos de cocina.
Mis manos tiemblan ante la idea de crear con sangre y barro una estatua:

“La señora de Fernández con el vientre y la cabeza abiertos
y las manos sobre sus tetas”
Autor: El señor del Gas.
Señora, sangre y Terminal Portátil de Lectura sobre azulejo mugriento.

Debo estar loco, hoy no puedo parar ni a echar un polvo.
Buenos días, buenos días. El gas a mirar el contador.
Los canarios graznan carcajadas y los perros
quieren follar con los bajos de mis pantalones.
Patadas. Patadas a las puertas, a los perros,
a los vientres de los hombres tripudos,
a la barriga de las embarazadas.
Por pisar el mundo, por traer nuevos acróbatas a este circo,
por juzgarme por mi barba y mis hombros cansados.
Esputos marrones sobre los niños pera y los universitarios cateados,
en la cara de los policías, de los militares y las niñas guapas.
Por parásitos, por comprar un sueño adulterado en teletienda.
Dejo ya de pensar. No se piensa trabajando.
Todavía me quedan cientoveinte casas por andar.

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