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23 julio 1994 § Deja un comentario

Existen casas-pecera repletas de orines.
La garganta escuece cada vez que inhalo el medio ácido
en el que flotan los objetos que decoran estas casas.
Monos terribles de dientes afilados infectados de rabia
que juegan sobre los armarios.
Señoras que dicen que sus monos no muerden a no ser
que no pagues el nuevo derecho de pernada:
“Toda señora viuda, soltera o casada insatisfecha
tiene, por ley, el derecho de gozar
con el lector de gas más joven que pase por su casa”.
Siempre la misma historia:
Lengua, beso, polvo, vómito.
Los monos pensando en el sabor de mi carne,
Las señoras pensando en el sabor de mi polla.
Yo pensando en la muerte de los monos y la mujeres.
Sacar machete, cortar en dos al mono, destripar a la señora.
Colgar las vísceras a modo de guirnaldas en el techo,
usar los ojos para jugar al gua, su vagina como armónica.
Usar al mono como cenicero, usar al mono como clavo
y la cabeza de su dueña como martillo.
Yo corriendo, yo llorando. Follar o matar.
Follar o matar, ese es el dilema.

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