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23 mayo 1994 § Deja un comentario

Una mujer en celo, con pétalos blancos por manos
y estrellas diurnas de melancolía ronca entre las piernas,
trepa a un árbol negro, ceñido a las aceras de la ciudad.
Su olor se desenreda de las ramás con premeditación,
instándonos a la violencia , al sexo y al asesinato.
Los hombres pájaros han ocupado
las butacas de la primera fila.
La corteza del árbol roza sus pechos desnudos,
y desgarra el poco pelo que les queda por besar el suelo.
Se muerden y se pegan en un cortejo histriónico
ensayado sábado tras sábado en distintos escenarios
repletos de luces de color y surtidores de sueños alcohólicos.
Los hombres pájaros tienen plumás y largas alas,
pero no saben volar con su cerebro.
La mujer nos grita y nos mea,
y todos bebemos el oro deshecho de su cuerpo,
borrachos de coño y golpes de bastón,
sedientos de sangre, orina y sexo.
Nos golpeamos y nos mordemos.
Brazos y manos y pies vuelan por el aire.
Ojos gelatinosos, pollas huérfanas, cuellos de pollo…
todo salta en mil pedazos sobre nuestros cuerpos mutilados
mientras en lo alto, la mujer
sigue viciando el aire de risas y jazmines.

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